Para cumplir con lo que considero equidad, copio y pego la respuesta y la disculpa de la moderadora del foro citado en la entrada anterior, donde se habían copiado diversos post de este sitio:

 

Te felicito por tus recetas, pero déjame decirte que sabes manipular muy bien las palabras, obvio ya que tu medio es ése. No ha habido mala fe en la actuación de Dadsa, pero sin embargo en la crítica que haces de nosotros sí la hay..se nota cierto sabor amargo fruto de un profundo resentimiento, plenamente compartido por todos los que sabemos lo que es aprovecharse del esfuerzo ajeno, así que no pienses que no te entendemos.

Te falta comprensión, amiga..te recomiendo unas cuantas semanas a base de tomates verdes fritos, y sí, desde luego, están riquísimos.

Lamento que te hayas sentido tan directamente ofendida, y como justa reivindicación, añadiré una rectificación para que se sepa la procedencia de la fuente.

Un beso

nirvana1806

 

No quiero emprender ningún altercado porque lo considero un gasto de energía innecesario. Solamente me queda reflexionar sobre los hechos y las palabras; no comparto el empleo del verbo “manipular” por parte de nirvana1806, pero reconozco que al ser doctoranda en filología mi preocupación acerca de la propiedad lingüística y la reflexión metatextual es alguna vez excesiva a los ojos de la mayoría de las personas ajenas a este ámbito. Lo cierto es que creo que la expresión lingüística va mucho más allá de lo bien, lo bonito y lo culto que uno puede escribir, que son característica absolutamente anexas y secundarias. Lo realmente interesante es la manera en la que todo el mundo se comunica, se expresa, dando pie a segundas y terceras lecturas, a menudo insospechadas por el escritor. Bueno, es el eterno juego del subtexto que tanto se estudia en literatura.

¿Cómo nos comunicamos? ¿Qué comunicamos? ¿Somos conscientes de todo lo que dejamos entrever cuando escribimos? ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a dejarnos leer? ¿Hasta qué punto confiamos en la capacidad de los demás para leernos? ¿Dónde está el límite? ¿Donde acaba la lectura y donde empieza la imaginación? 

Como en muchas otras cosas, estoy convencida de que a menudo leemos en los demás lo que no somos capaces o no queremos leer en nosotros.

Al fin y al cabo, ¿cuentan más las palabras escritas o los ojos que las leen?

Con esto doy por zanjado este tema y me pongo a cocinar, haciendo caso omiso de los consejos de menú y de vida que he recibido, puesto que cada uno ya está bastante ocupado con su propia evolución como para preocuparse de las ajenas.