INGREDIENTES

  • 3 patatas grandes
  • 1 cebollas blancas
  • 3 cucharadas de aceite de oliva extra-virgen
  • 1 poco de pan rallado
  • 1 poco de parmesano o queso rallado
  • 1 poquito de sal

PREPARACION

Pelar, lavar y cortar las patatas en láminas muy finas y dejarlas en remojo 10 minutos en agua fría para que suelten el almidón. Yo uso una mandolina para hacerlo (grazie Carla!); se encuentra en el súper y es muy cómoda.
Pelar y cortar también en láminas muy finas la cebolla y lavarlas para que no sean tan fuertes. Secar bien las verduras.
En una sartén ancha echar el aceite y mientras se calienta ir disponiendo una capa de patatas, después una capa de cebolla, un velo de pan rallado, un poquito de parmesano y una pizca de sal. Repetir las capas en la misma distribución hasta que se acaben las verduras, teniendo cuidado de terminar con las patatas. Esparcir por última vez con pan, queso y sal.
Tapar todo y dejar cocer unos 10 minutos, cuidando que no se queme, y después darle la vuelta y dejar 10 minutos con tapa en el otro lado.

MEDITACION

Este es un plato austero, casi propio de la vida monástica. Tanto la patata como la cebolla son productos de la tierra, que crecen dentro de ella y que se quedan (semi)enterrados como si no quisieran exponerse a los peligros del mundo exterior. La patata es un alimento del pueblo, al alcance de todo, y ha sido sujeto a las más estrafalarias variaciones para volverse interesante. La cebolla es además rechazada por su fuerte olor, sabor y su efecto lacrimógeno. Sin embargo, ambas encierran muchísimas propiedades y han sido a la base de la alimentación de la gente común desde hace siglos. Esta tortilla sin huevos quiere ser un homenaje a la vida sencilla, casi ascética, que favorece el trabajo intelectual y espiritual gracias a su sencillez y liviandad.